Los autores del evangelio –y Marcos en particular- insisten en mostrar el contraste radical entre Jesús y sus discípulos, en lo que se refiere a la actitud básica ante la vida.
Para el maestro, la vida es ofrenda que se expresa como servicio; los discípulos, por el contrario, parecen reducir la existencia a una cuestión de autoafirmación del propio yo, por lo que suelen verse enfrascados en apetencias de poder. En cierta manera, ambas actitudes manifiestan los dos estilos en que podemos situarnos ante la existencia: en clave de ofrenda o en clave de voracidad. En el primero, la persona –es el caso de Jesús- se percibe como "canal" o "cauce", a través del cual fluye la Vida misma, lo Real que se expresa y que, al mismo tiempo, constituye nuestra identidad más profunda. Jesús vive en la consciencia clara del "Yo Soy" universal, y es esa Realidad última la que se manifiesta a través de su personalidad concreta. Ese fluir es posible cuando no hay apropiación, es decir, cuando el ego no se autoafirma como si constituyera nuestra verdadera identidad. Cada vez que esto ocurre, el ego se convierte, en la práctica, en un "nudo" que bloquea la circulación de la Vida: de ser cauce pasa a ser vacío sin fondo que devora todo lo que se halla a su alcance. La voracidad no es sino expresión de aquel mismo vacío que la persona, de una forma tan inconsciente como compulsiva, trata de compensar, como modo de aliviar la ansiedad que le resulta insoportable. Pasar de la voracidad a la ofrenda, del narcisismo a la gratuidad, de la ignorancia a la comprensión, del sufrimiento a la liberación..., requiere un doble trabajo: psicológico y espiritual. Por un lado, parece inexcusable un trabajo psicológico sobre el propio vacío afectivo o emocional, de manera que podamos crecer en libertad interior. A menor intensidad de vacío, menos ansiedad y menos necesidad de vivir de un modo egocentrado, que busca compensar la carencia de base. Pero, por otro, y más de fondo, es necesario un trabajo espiritual, que nos permita acceder y vivirnos en conexión con nuestra identidad más profunda, que no es el yo, siempre carenciado, que vive girando en torno a sí mismo, a sus miedos y a sus necesidades. Con ello, volvemos a la pregunta de siempre, la única pregunta en cuya respuesta se juega toda nuestra vida: "¿quién soy yo?". El místico cristiano del siglo XVII Angelus Silesius decía: "No sé quién soy. No soy lo que sé". Para responder adecuadamente a esa cuestión, necesitamos "dejar caer" todo aquello que podemos observar ("lo que sé"), pues todo ello no son sino "objetos", pero nunca nuestra identidad última. Al "soltar" todo ello, lo que queda es lo que soy. Y lo que queda es Quietud, Consciencia, Presencia, Sujeto Puro, Yo Soy, "Nada" que nuestra mente pueda pensar o "saber"... Eso que soy es ilimitado, atemporal. Y me libera de la esclavitud del yo. Puedo dejar de vivir para ese yo con el que estaba identificado y, sencillamente, permitir que la Vida se exprese a través de mí, tal como vemos que ocurría en Jesús. Liberarnos de la identificación con el yo es la condición para escapar de su tiranía y situarnos en la libertad y la ecuanimidad. Porque, por debajo de cualquier "oleaje" mental o emocional, lo que soy está siempre a salvo. Se acaba el egocentrismo y el sufrimiento. Porque desaparece la identificación con el yo y sus exigencias protagónicas. De pronto, descubro que no soy "alguien" separado para quien deba vivir. Me doy cuenta de que, en realidad, no hay "nadie" en casa. Es lo que escribía, también en el siglo XVII, el místico español Miguel de Molinos: "El camino para llegar al sumo bien, a nuestro primer origen y suma paz, es la nada... Nos buscamos a nosotros mismos siempre que salimos de la nada, y por eso no llegamos jamás a la quieta y perfecta contemplación. Éntrate en la verdad de tu nada y de nada te inquietarás... ¡Oh, qué tesoro descubrirás si haces de la nada tu morada!... Si estás encerrado en la nada, adonde no llegan los golpes de las adversidades, nada te dará pena, nada te inquietará. Por aquí has de llegar al señorío de ti mismo, porque solo en la nada reina el perfecto y verdadero dominio". Nuestra identidad es Nada: nada que sea objeto mental; Nada, que es Plenitud. Algo que no se puede pensar, sino únicamente ser. Solo en la medida en que vivimos en conexión con ella, aparece la comprensión y la libertad. Imagina que, en un río caudaloso, van navegando dos pequeños barcos. En un momento dado, debido a la fuerza de la propia corriente del agua, se produce un choque entre ellos. Sigue imaginando ahora tres escenarios posibles: en el primero, los dos barcos están vacíos; en el segundo, solo uno de ellos lleva un barquero; en el tercero, los dos son tripulados por sendos dueños. ¿Qué ocurriría en cada uno de los tres casos? Indudablemente, en el primero, habría solo un choque: todo acabaría ahí. En el segundo, es probable que el único barquero se autorreprochara o culpabilizara por lo ocurrido, y que lo atribuyera a su impericia o despiste, con lo cual generaría sufrimiento y confusión. En el tercero, finalmente, no sería extraño que se produjera una pelea, acompañada de reproches y descalificaciones, en la que cada uno acusara al otro de lo sucedido. Esto último es lo que ocurre cuando creemos ser "alguien" separado. La realidad, sin embargo, es que la barca está "vacía". No somos nada que se pueda percibir como separado del resto. La nuestra es una Identidad compartida, que se halla a salvo de "choques" y oleajes.
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