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Crisis en la Iglesia chilena por: Jorge Costadoat, SJ

2/8/2017

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Los católicos chilenos disminuyen abruptamente. En veinte años la Iglesia católica chilena ha perdido prácticamente un 1 % de fieles por año. En Chile la identidad católica tiende a disiparse, aun cuando los mejores sentimientos de los chilenos continúan siendo nutridos por el cristianismo. La gente cree en Dios, reza, pero su pertenencia eclesial se licúa, la práctica religiosa siempre ha sido baja y no se ven señales de recuperación. 
El cristianismo de cristiandad, el que se recibe en la cultura como parte de una sociedad que se dice cristiana, y no como fruto de una conversión personal y de un encuentro con el evangelio, ha sido de baja calidad. En el país la fe se ha trasmitido como un credo, una cosmovisión, una antropología y unas prácticas religiosas compartidas de un modo masivo y automático sin verdaderas iniciaciones religiosas. Se ha tratado de un catolicismo suficientemente indeterminado como para dar cabida a tremendas contradicciones. San Alberto Hurtado punzó a sus contemporáneos enrostrándoles precisamente la incongruencia: “¿Es Chile un país católicos?” (1941). Lamentaba por entonces la falta de clero y las injusticias sociales. La desigualdad en los ingresos hoy debe ser la misma que hace ochenta años. Los sacerdotes a futuro serán incluso menos que en tiempos de Hurtado. 
Esta falta de vigor del cristianismo “a la chilena” ha podido hacer de pasto seco para el incendio actual de las pertenencias comunitarias. En Chile se han debilitado las parroquias, las comunidades eclesiales de base, las comunidades religiosas, los movimientos laicales y la participación en la eucaristía dominical, y no hay visos de ningún brote de originalidad más o menos importante. Tal vez lo haya, pues el reino de los cielos es como un grano de mostaza. De momento no se lo ve.
La situación es preocupante porque el cristianismo es esencialmente comunitario. 
¿Qué ha ocurrido? Siempre que se constata un mal se busca a un culpable. En este caso lo más fácil es imputar esta crisis a la jerarquía eclesiástica. Mala formación del clero, falta de imaginación en la implementación del Concilio Vaticano II, relaciones infantiles entre los sacerdotes y los laicos; a lo que ha de sumarse la disminución de ayudas internacionales (clero, religiosos y religiosas) y la baja de las vocaciones. Estas son explicaciones plausibles de la crisis, pero no son las únicas.
Sucede que Chile experimenta un cambio cultural impresionante, parecido al que tiene lugar en el resto del mundo, debido a una globalización que quiebra la cultura tradicional y socava por parejo las instituciones civiles y religiosas, en particular las que promueven los mejores valores de la humanidad. Predomina por doquier la búsqueda económica de la máxima ganancia y el mercado que reduce las personas a individuos competitivos que quieren “ser alguien” por la vía del consumo, y no por el camino de la solidaridad. En el mercado prima la búsqueda de los propios derechos por sobre la voluntad de servicio al prójimo y a la sociedad. En la era de la globalización todo entra en relación con todo, todo se relativiza, todo se vende y se compra, y la gratuidad escasea. Siempre la gratuidad ha sido sacrificada. Ahora se ha vuelto ininteligible.
¿Qué futuro queda a una Iglesia debilitada por la inveterada superficialidad de los fieles, sus “errores no forzados” y el cambio cultural que en pocos años le ha costado generaciones completas de jóvenes, por otra parte escandalizadas por los abusos sexuales del clero y su encubrimiento?
Para los católicos puede ser hoy una tentación procurar subsistir a cualquier costo. Podrían, por ejemplo, ir a buscar al pasado realizaciones que dan seguridad, haciéndolas pasar por reveladas, ocultando que, en realidad, fueron obras de una Iglesia mucho más creativa. No faltará, otro ejemplo, quien arrope a la institución con la vivacidad de la religiosidad popular. O, en fin, que se le eche la culpa de la crisis a las innovaciones del Vaticano II.
Pero hay algo mejor que hacer: buscar la esencia del evangelio, indagar en el sentido más profundo de la vida, luchar por el radical respeto a la dignidad de la persona humana, intentar superar las desigualdades y opresiones, despejar la posibilidad de un encuentro con un Dios rico en misericordia y liberador. Pienso que los cristianos podrían intentar comunicar con humildad sus experiencias de fe solidaria y comunitaria. Ha sido constante en la historia de la Iglesia su solicitud por los pobres. Los cristianos podrían dar una mano desinteresada a los inmigrantes, a los adictos empedernidos, a los hijos abandonados por sus padres, a las mujeres desconsideradas o maltratadas, a los ancianos cuya mera existencia es un motivo de culpa, en suma, a los nuevos y viejos pobres a los que Jesús declaró bienaventurados. 
La otra constante es la celebración de la Eucaristía. En esta tendrían que poder participar activamente sobre todo los que no importan a nadie. La máxima de la reforma litúrgica del Concilio fue la participación de los fieles. Una Eucaristía fraternal en la que haya espacio para la expresión de todas las personas y las vidas más diversas, anticipa la comunión entre “todos” los seres humanos.
La única Iglesia que vale la pena que tenga futuro en Chile, es aquella en la que sea posible que el evangelio se comunique como una experiencia de aquel Jesús humilde que congregó amigos y a amigas para dar la vida por la humanidad. ¿Podrá la Iglesia chilena liberarse de la impronta clerical de cristiandad que la ha vuelto irrelevante, que en vez de atraer a la gente la espanta? ¿Podrá la Iglesia renacer en el mundo de hoy con cristianos –laicos, religiosos, sacerdotes- realmente convencidos de amor de Dios?
El éxito para los cristianos se encuentra más allá de la muerte. Antes de la muerte, creo que la Iglesia debiera especialmente poner las condiciones para que las nuevas generaciones se encuentren con Cristo y lo sigan con entusiasmo; para que se apropien de Cristo al modo como Cristo se dejará apropiar por ellas. El Evangelio solo podrá ser transmitido si la Iglesia está dispuesta a que sea acogido de un modo protagónico y realmente nuevo.
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