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¿De qué sirve la noviolencia? por: Joan Morera

4/16/2020

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Antes no utilizábamos esta palabra. A la hora de definir acciones de protesta, las llamábamos manifestaciones, resistencia civil, huelgas, boicot… pero si analizamos estas y muchas otras actividades reivindicativas necesitamos nombrar con una palabra una misma fuerza y lucha creativa a través de la dignidad y de la autenticidad. No es un término nuevo: el jainismo ha usado ahimsa (término original de noviolencia) como noción religiosa desde el s. VIII a.C. Sin embargo, tal y como la comprende, no solo incluye la acción directa, sino en especial una manera de vivir sin dañar a ningún ser vivo, lo que hoy en día llamamos noviolencia holística: un tipo de noviolencia ética (basada en principios) que transforma todas las decisiones cotidianas hacia una vida sin agresión (adoptando el vegetarianismo, el pacifismo…).
Hay también otra forma de noviolencia ética, la sociopolítica, que sin necesidad de integrar completamente la no-agresión en cada decisión, fundamenta la manera de transformar los conflictos en una premisa: los medios deben incluir el fin deseado. La semilla debe incluir el árbol. La paz no puede alcanzarse agrediendo, porque no será paz verdadera ni definitiva.
Finalmente, existe una noviolencia que podría ser utilizada incluso por personas que no son pacifistas (es decir, aquellas que creen que la violencia puede ser un medio necesario en algunos casos). Se trata de la noviolencia pragmática, que utiliza estas estrategias ante los conflictos básicamente porque resulta más eficaz (tal y como demuestran las investigadoras Chenoweth y Stephan con «Why Civil Resistance Works», un estudio de 323 conflictos internacionales donde los resultados noviolentos doblan la eficacia de los violentos). La posición pragmática, pues, utiliza la noviolencia como simple método o herramienta de lucha.
Las tres noviolencias (la holística, la sociopolítica y la pragmática) reducen el grado de violencia de los conflictos, pero solo en las dos primeras la noviolencia se interioriza en principios. Este punto resulta esencial para tener incidencia no solo sobre unos hechos concretos, sino también y permanentemente en las personas, que son las que protagonizarán en el futuro otros conflictos. La vida está llena de conflictos, y esto es bueno porque ante ellos avanzamos, crecemos y nos llegamos a conocer mejor. Pero es necesario aprender a transformarlos (no huir de ellos, porque empeoran), y a hacerlo sin violencia (porque la violencia siempre termina con más destrucción). La noviolencia, pues, ofrece este camino de desbloqueo de los conflictos, bajo el horizonte de diálogo y reconciliación.
Quizás a estas alturas podemos empezar ya a responder a la pregunta «¿de qué sirve la noviolencia?». Como cristianos, seguidores de un Jesús que rechazó sistemáticamente el uso de la violencia para cambiar la realidad (Mt 5,44-48; Jn 7,53-8,11; Mt 26,52-54; Jn 18,22-24…), y que ofreció estrategias noviolentas ante las injusticias (ved el Cuaderno 207), sería deseable que pudiéramos abrazar la noviolencia ética (sea holística o sociopolítica) para que cambien nuestras actitudes de raíz, los principios más profundos con los que solemos vivir. Así lo pidió el papa Benedicto XVI en su discurso del Ángelus el 18 de febrero de 2007, cuando afirmó: «Para los cristianos, la noviolencia no es un simple comportamiento táctico, sino más bien un modo de ser persona, la actitud de quien está convencido del amor de Dios y de su poder, que no tiene miedo de afrontar el mal únicamente con las armas del amor y de la verdad». Y diez años más tarde lo coronó el papa Francisco en el Mensaje para la 50ª Jornada Mundial de la Paz, íntegramente dedicado a la noviolencia: «Ser hoy verdaderos discípulos de Jesús significa también aceptar su propuesta de noviolencia».
Esta noviolencia inherente al creyente ha sido recientemente ejemplificada por un buen número de católicos en los EE.UU., indignados por las políticas migratorias. Una de las acciones directas fue realizada el pasado 18 de julio, cuando se reunieron en el césped del Capitolio de Washington grupos de acción y oración que, después de discursos contra el trato inhumano a los migrantes, entraron en la rotonda del edificio para rezar el rosario con fotografías de niños muertos en la frontera con México a manos de autoridades gubernamentales, y formando una cruz humana en el suelo. La actuación tuvo repercusión mundial, porque la policía del Capitolio acabó por detener a 70 personas. La acción noviolenta ante las políticas migratorias también la hemos vivido en el Mediterráneo, donde ante el egoísmo de la Unión Europea, barcos como Open Arms (a cargo de Òscar Camps) o Sea Watch 3 (a cargo de Carola Rackete) se han atrevido a desobedecer leyes injustas para salvar más vidas y llevarlas a un puerto seguro.
Vemos, pues, como una mirada al mundo en perspectiva nos desvela, de hecho, una noviolencia ya latiendo y fortaleciendo sociedades vulnerables, colectivos víctimas de opresiones, o ciudadanías enteras política y económicamente ahogadas por sus representantes. Naturalmente es muy difícil encontrarla en estado puro, como los minerales. Pero todo esfuerzo noviolento sustituye a otro violento, que habría sido mucho más destructivo. Démonos cuenta, por ejemplo, de cómo la desobediencia civil de las mujeres en Irán para entrar en los campos de fútbol o para quitarse el velo (como Nasrin Sotoudeh, condenada a 33 años y medio de cárcel y a 148 latigazos por defender pacíficamente los derechos de las mujeres en el país), emplea la noviolencia para la lucha por sus derechos. Estos casos se conocen por los medios, tejiendo sinergias y alianzas entre organizaciones y activistas, conciencian y mueven la rueda de esfuerzo e indignación noviolenta canalizada hacia más acciones y presión insostenible para el sistema injusto. Desde esta clave podemos también fijarnos en los movimientos contra el cambio climático que Greta Thunberg ha alentado desde desobediencias minúsculas a unas horas de clase para manifestarse en la plaza, hasta masivos actos de protesta en más de 1.600 ciudades de todo el mundo, con millones de personas creando escenificaciones, reivindicando decisiones políticas y concienciando a los medios de la necesidad de una relación más sostenible con la Creación. O podríamos hablar de las manifestaciones pacíficas, representaciones y reivindicaciones de colectivos LGTBI en Rusia, empleando la lucha noviolenta por sus derechos a pesar de detenciones, torturas y asesinatos de activistas… Y ciertamente un ejemplo paradigmático hasta el momento ha sido Hong Kong, donde después de la terrible represión que siguió al Movimiento de los Paraguas en 2014, colectivos enteros han aprendido la lección y han mejorado las técnicas noviolentas maravillando a los activistas de todo el mundo: «moverse como el agua», sin acampar en lugares fijos; evitar funcionar con líderes, aplicando ya la democracia participativa a la cual aspiran; protestas «de código abierto» con redes sociales donde votar los próximos movimientos y organizarse; sustituir el Telegram por tecnologías más efectivas en las manifestaciones, como el bluetooth AirDrop de los Apple; la invención de un lenguaje de signos propio, con el que organizan el suministro de recursos dentro de las multitudes; la subvención por micromecenazgo, abriendo la participación al mundo entero; técnicas para evitar estampidas que la policía provocaba con elementos contundentes como porras eléctricas; modos de neutralizar bombas lacrimógenas… En definitiva, así como en la guerra se ha invertido durante milenios tantísimas cantidades de dinero para desarrollar y perfeccionar armas y técnicas efectivas, la noviolencia se encuentra también en un proceso de aprendizaje que, a pesar del retraso, promete unos modos de transformación de los conflictos mucho más humanizantes, originales y centrados en cambiar al que agrede, no en destruirlo.
¿De qué sirve, pues, la noviolencia? Sirven ―o no sirven― las herramientas, pero los principios no dependen de la utilidad sino de la bondad. Aquello que vertebra y fortalece la interioridad resulta necesario en sí mismo. Los cristianos nos acercamos al estilo de Dios en la medida que practicamos la noviolencia de Jesús. Podemos experimentar con ella e iniciar cambios para implementarla en el día a día (sugerimos algunas propuestas en este nuevo proyecto), para que sea la lógica de Dios y no la nuestra la que cambie relaciones y conflictos.
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